
Ficción sobre el libro “A sangre fría” de Truman Capote
Miles fueron y siguen siendo las opiniones hacia el periodista Truman Capote. Muchas las críticas, muchos más los elogios a su genialidad de crear un nuevo concepto de periodismo. Lo que nunca estuvo en juego hacia su persona fue la posibilidad de que en su publicación de “A sangre fría” haya sido falaz, embustero, tergiversador de los hechos como fueron (más allá del cuestionamiento a la subjetividad con que interpretaba a los protagonistas de la historia).
¿Qué ocurriría con el curso del periodismo interpretativo, con la no-ficción como estilo narrativo en el futuro si se descubriera que Capote mintió u ocultó una verdad que conocía? ¿Sería posible que ocurriera, que el periodista, involucrado sentimentalmente con todos los protagonistas de su gran investigación, decidió modificar la verdad sobre los hechos?
Luego de haber terminado la obra aquí citada, el escritor cayó en una intensa depresión, como producto de su involucramiento con los hechos y sobre todo con Perry, uno de los asesinos. Entregado al alcohol y los psicofármacos, se aisló cada vez más del mundo, y murió de una sobredosis en 1984. Luego de su muerte, Truman Capote legó todos sus textos a su compañera reportera e íntima amiga Nelle Harper Lee, con quien había compartido los inicios de la aventura en Garden City. Ella nunca publicó los contenidos de sus escritos, por respeto a su amigo difunto.
Lo que la literata no supo hacer fue cuidar su lengua con sus compañeros de trabajo, en un ámbito donde la mejor noticia es la que desoculta algo que nunca se hubiera sospechado, y por supuesto de interés público. Lo que ocurrió en concreto fue que durante una charla de café con otro periodista, Harper Lee se fue de boca en su afán de compartir el gran secreto con alguien, y dio con la persona indicada. El periodista decidió revelar la verdad pero desde el anonimato, y hoy se encuentra lejos de los Estados Unidos para evitar un juicio por parte de su ex compañera, luego de haberle usurpado los textos.
“En el asesinato de los Clutter hubo otro implicado, podría decirse que fue el cerebro de todo el siniestro. Sólo que su propio plan se le fue de las manos, y se convirtió en una de las víctimas, hasta hoy sacralizadas”, declaró Harper Lee a su amigo.
La única persona que (según el libro de Capote) alguna vez sospechó la idea de un posible criminal de guante blanco fue Myrt Clare, la empleada del correo de Holcomb. Luego de que atraparan a Dick y a Perry, declaró en el Café Hartman: “Quizá sea verdad que esos tipos lo hicieron, pero ahí no acaba la historia. Aguarden. Algún día llegarán al fondo del asunto y entonces descubrirán quién quería quitar a los Clutter del medio”.
Los psiquiatras que estudiaron los casos durante el proceso de enjuiciamiento, descubrieron que Perry había cometido los cuatro asesinatos a la familia Clutter “sin razón aparente”. Talvez así fue para él en particular. Lo que no imaginaba nadie era que Perry realizó el plan que había sido finamente concebido por un miembro de la familia.
El sheriff de Holcomb Alvin Dewey, ferviente investigador del caso junto al periodista neoyorquino, no entendió nunca cómo esa madrugada del 15 de noviembre del ´59 los asesinos no vieron al perro de la finca, quien se asustaba siempre que veía un arma. Según los textos no revelados de Capote, Kenyon (el hijo menor de la familia) llevaba siempre a su coli viejo a la granja ubicada a unos 200 metros, para evitar que entorpezca la operación. Esto lo hacía todas las noches antes de la cena familiar, despejando el escenario y aguardando el gran día en que vinieran esos forasteros para redimirlo.
El trato de Kenyon con Floyd Wells era: liberación del primero y su perro (a través de una actuación de rapto), a cambio de todas las pertenencias que quisieran de la casa, pero con la condición de que ninguno de sus familiares saliera herido. Como a Wells la familia Clutter no le inspiraba piedad alguna (aunque hayan sido buenos empleadores, la piedad no era su fuerte), nunca trató de disuadir la idea de Dick de desaparecer a todo testigo. Y la idea de que hubiera una caja fuerte (la cual nunca existió, y por esto probablemente se alteró el plan de saqueo y rapto) fue suya.
Floyd Wells cuando fue llamado a atestiguar, contó con detalles cómo fue logrando el interés de Dick sobre la finca millonaria, pero como los mismos fiscales y abogados lo interpelaron violentamente, inculpándolo de incitador en un modo subliminal, nunca llegó a contar que el promotor de toda la idea era el hijo mismo del terrateniente.
En la novela Capote detallaba: “El testimonio de Wells, perfeccionado por un ensayo antes del proceso, fue tan pulcro como su aspecto. Alentado por los avances comprensivos de Logan Green (ayudante del fiscal), el testigo reconoció que en un tiempo, durante un año aproximadamente, había trabajado como peón en la finca River Valley. Siguió diciendo que unos diez años después, cumpliendo condena por robo, se había hecho amigo de otro ladrón, Richard Hickock, y que había descrito la hacienda de Clutter”.
Capote describió las palabras de Floyd Wells: “Bueno, hablamos bastante del señor Clutter. Hickock decía que estaba a punto de tener la libertad bajo palabra y que iría al Oeste a buscar trabajo y que quizás iría a ver si el señor Clutter se lo podía dar. Y yo le decía lo rico que era él”. Luego el asesor especial del fiscal preguntó a Wells: “¿Creía usted entonces que había una caja fuerte en casa del señor Clutter?”. A lo cual contestó: “Hacia tanto tiempo que yo había trabajado allí…creía que tenía una caja fuerte. Sabía que había una especie de armario…todo lo que sé es que él (Hickock) se puso a hablar de robar al señor Clutter”.
Luego el abogado defensor interrogó a Floyd Wells: “¿No le dijo usted algo al señor Hickock para convencerlo de que no robara ni matara a la familia Clutter?”. Y su respuesta fue: “No. Si te dicen en la Penitenciaría de Kansas que van a hacer esto o aquello, no les haces el menor caso porque piensas que están hablando por hablar”. Entonces el abogado le cuestionó: “No trató usted de convencerlo de que el señor Clutter tenía una caja de caudales? Usted quería que el señor Hickock lo creyera ¿no es así?”. Luego Capote describe la reacción de incomodidad que tuvo Wells, y transcribió cómo éste trató de convencer a Dick sobre la gran cantidad de dinero que tenía Clutter en su supuesta caja fuerte. Fue entonces cuando Wells contó el plan que Dick trazó en su mente de atar a toda la familia y luego de robarles, asesinarlos.
El último en interpelar al preso de Kansas City fue el abogado defensor Smith, quien agresivamente lo increpó al no haber declarado antes la verdad sobre su charla con Dick por haber esperado a que se ofrezca una recompensa de dinero. Finalmente denigró a Wells diciéndole “¿qué clase de inmunidad le ofrecieron para que se presente hoy aquí a declarar?”. Luego de esta pregunta violenta, el testigo fue despedido y nunca más convocado por el sistema judicial de Kansas.
Fue así que nunca se supo desde el proceso judicial, que en realidad Wells fue el transmisor del plan, que supuestamente le aseguraba a él una parte importante de riquezas para cuando fuera liberado. El impulsor había sido un tercero: el joven introvertido Kenyon. Él prometió a Wells su radio marca Zenith (que luego fue llevada y vendida en México por Perry), su reloj de oro Rolex, sus gemelos de diamante y su apreciado “Vagón coyote”, camión con el cual se divertía las noches de luna llena persiguiendo a los coyotes a través de sus vastas hectáreas.
El encuentro
Kenyon era un chico estudioso, callado y poco sociable, pero sus hábitos eran algo violentos, aunque esto era moneda corriente en el campo. Su único amigo era Bob Jones, con quien pasaban muchas horas cazando patos juntos, persiguiendo coyotes con su viejo camión, o cualquier otro animal que se paseara por sus tierras. Sus reflexiones, anotadas en un cuaderno que Capote encontró en el sótano (que era su sala de recreación), condecían con su espíritu salvaje en estado latente. Sólo tenía anotaciones sueltas, como pensamientos de un mismo estilo que eran recurrentes en su mente: “¿Cuándo será el día en que me libere de las visitas al odioso club social y a la iglesia metodista?”, “Las alas se consiguen con la fuerza, y la fuerza se ejercita día a día, en silencio”, “Los seres vivos nos condenamos a vivir en sociedad, con el objetivo de limitarnos. Es en la soledad el momento en que se descubre la libertad”, “No hay diferencia entre animales salvajes y domesticados.
Hay un camino seguro y otro camino difícil hacia la felicidad, sólo que a veces no distingo cuál es cual”, “Escaparme, y vivir para siempre entre los seres puros de la naturaleza, ésa es mi misión”. Las frases más impactantes eran algunas como “las voces en la radio me dicen la verdad, debo planificar el modo en que no parezca intencional, o devastaré a mi pobre madre y a Nancy”, y la otra “Ya no puedo escuchar más a las voces. Debo actuar. Hace mas de un año que los espero ¿Porqué no viene Wells?”.
El vándalo Floyd Wells había estado dos veces en prisión por delitos menores. Cuando salió de la segunda, decidió unirse al ejército, para hacer algo útil de su vida y ganar algunos dólares. Pero no pasaron muchos meses hasta que metió la pata nuevamente. “Estábamos de guardia en un tren, nos pusimos un poco alegres y empezamos a disparar contra bombitas y ventanas”, declaró Wells en el estrado. Y por su absurdo comportamiento fue encarcelado nuevamente, y para castigarlo aún más, las Fuerzas Armadas decidieron hacer público el hecho, contando así a los medios de todo el Estado de Kansas.
Un domingo a la mañana, Kenyon desayunaba temprano junto a toda su familia, antes de partir hacia la iglesia. Mientras devoraba un pastel, leía el diario y pensaba en su dichoso plan, en cómo podría llevarlo a cabo. Era Septiembre de 1958, catorce meses antes que los forasteros ingresaran a su hogar, cumpliendo su sueño, y deshaciéndolo en el mismo instante. El título decía: “Cinco soldados de la base militar de Kansas fueron presos por comportamientos vandálicos durante su servicio”. La noticia llamó la atención de Kenyon por lo inusual, y mientras leía el resto de la nota, observó un nombre que le pareció familiar. Todo esto estaba en su cuaderno de reflexiones, junto a la dirección de la penitenciaría donde fue encerrado Wells y junto a una pequeña frase que decía “A este hombre yo lo conocí hace unos 10 años. Yo era un niño y él araba nuestras tierras. Lo recuerdo por su aspecto encorvado y poco agradable. Al fin llegó mi ángel salvador”. Así fue como el joven muchacho viril pero reservado, comenzó una serie de visitas al hombre que lo ayudaría a cumplir su sueño.
Se dio cuenta apenas leyó la nota. Necesitaba un criminal nato, para que nunca se sospeche que su huída fue planificada. Montarían una escena violenta y contundente para que parezca un secuestro, y si Wells lo deseaba, podía hasta pedir una buena recompensa por el hijo que nunca volvería.
Era la madrugada del domingo 15 de noviembre de 1959, una noche de luna llena que iluminaba las vastas tierras de Holcomb, cuando Perry y Dick irrumpieron en la casa de los Clutter. Por suposiciones de Capote, las conversaciones imaginadas y publicadas sobre la hora anterior al asesinato múltiple, habían sido entre Herb Clutter y sus verdugos. Pero esas mismas suposiciones fueron tergiversadas por el periodista, ya que en sus escritos inéditos reproducía: “Luego de haber estado en el despacho junto a Herb, y no encontrar la inexistente caja fuerte, Perry se dirigió al pasillo para buscarla en toda la casa. Una sombra recortada de un miembro de la familia apareció al pie de las escaleras. Aquella sombra era Kenyon (Nancy en su versión publicada) quien nerviosamente pidió al forastero que comenzara a actuar el rapto, para que se hiciera el trámite lo más vertiginoso y menos dramático posible. Pero Perry nervioso, y sin comprender nada de lo que Kenyon decía, lo llevó a la leonera y lo ató al diván. Allí le apuntó en la sien y le pidió el dinero de la casa. Kenyon le pedía que actúen delante de sus padres, o no tendría valor alguno.
Nunca sospechó que Wells no les contaría del falso secuestro a los malhechores. El dolor de piernas aumentó con la tensión, y Perry tomó la decisión de hacer callar al maldito joven. La cinta adhesiva en la boca, hizo que Kenyon se diera cuenta el terrible error que había cometido, pero ya era muy tarde para explicar. Era muy tarde para comprender lo que había causado. Luego los criminales llevaron a su padre al sótano, lo maniataron a un caño alto pero se movía demasiado, y finalmente lo recostaron sobre una caja de colchón. Perry le cortó el cuello a Herb mientras Dick iluminaba. Kenyon vio su degollamiento y lanzó un grito desgarrador a través de la cinta adhesiva. Y fue entonces que Perry se cansó del griterío: disparó al padre en su cara, y luego de un estruendo doloroso que resonó en su mente, Kenyon ya no sintió mas nada. Negro. luego siguieron con Nancy y luego su madre”.
En una entrevista con Capote, el joven Bobby Rupp (quien fue novio de Nancy Clutter) contó que Kenyon era unido con su hermana, aunque ni ella lo entendía porque “siempre parecía estar en otra parte”. La impresión de Bobby era que “siempre te está mirando, porque es un poco bizco”, y por esto se sentía algo intimidado con su presencia.
Nancy Clutter había tenido hacia poco tiempo un gato llamado Boobs, el cual desapareció misteriosamente, como bien describió Truman Capote en su obra. Luego de unas semanas Nancy encontró a su gato muerto, supuestamente envenenado. Ella nunca hubiera sospechado que su hermano fuera el autor de su muerte, pues le tenía mucho cariño para darse cuenta de la realidad bastante predecible. Kenyon odiaba a los gatos: eran demasiado domesticados, traicioneros y no se los podía cazar. No toleraba los llantos y arañazos de Boobs mientras él se concentraba en sus lecturas. Aunque fue Capote quien descubrió la verdad sobre el gato, nunca quiso publicarla, pues daría una imagen cruel sobre un chico que no lo era según él. “No más felinos, se acercan tiempos de paz”, escribió Kenyon en su cuaderno.
El compañero de aventuras de Kenyon, estaba dejando de serlo de a poco, porque se había puesto de novio con una joven de su colegio. Y eso le molestaba bastante.
Aunque para su amigo Bob, Kenyon aseguraba odiar a toda persona del sexo opuesto, estaba secretamente enamorado de Susan Kidwell, la mejor amiga de Nancy. Ella siempre lo trató y lo vio como un niño, talvez por su filiación con su hermana mayor, talvez por simpatía. Pero eso Kenyon lo detestaba. Esa relación mental de amor-odio, sumado al rencor a su mejor amigo, fueron gran parte de las causas por las cuales el adolescente empezó a escuchar las voces de liberación. Esas voces, provenientes de su aparato de radio de marca Zenith, le dictaban sus acciones, cada vez con mayor frecuencia, en los momentos en que estaba solo en la leonera (el sótano).
Etiología de la locura
Unos días antes del golpe a los Clutter, Bonnie había vuelto a casa luego de una segunda internación por depresión. La madre de la familia era una mujer melancólica que no podía generar ni sostener lazos sociales, y sus crisis incrementaron con cada uno de sus 4 partos. Su último hijo siempre fue su preferido, el único varón entre tres mujeres, y por esto era el más influenciado por sus tendencias patológicas. Kenyon heredó de su madre esa posición de “estar y no estar” en el círculo social en que se encuentre. Hacía un año que Kenyon comenzaba a tener alucinaciones auditivas vehiculizadas a través de su aparato de radio. Éstas le indicaban que su libertad la conseguiría escapando de su familia, y fundamentalmente del lazo patológico que tenía con su madre. Pero él no quería que ella se derrumbe con su largada, debía parecer un secuestro.
La radio fue el primer ideario del golpe a los Clutter (en la mente de Kenyon al menos), luego fue el único objeto que los criminales se llevaron, junto a unos binoculares y 40 dólares, y finalmente fue la única prueba concreta de que Dick y Perry estuvieron en River Valley.
La causa de Capote para ocultar el inicio del plan fue su extraño lazo con Perry, entre la identificación y el enamoramiento, por lo que quería su total protagonismo, sumado al interés de dramatizar aun más los hechos al victimizar a toda la familia metodista y pulcra ante unos jóvenes delincuentes totalmente desconocidos. El reportero prefirió no manchar la reputación del joven Clutter y con este el buen nombre de la “familia tipo” victimizada en Holcomb y en todo el Estado de Kansas. No olvidemos que la verdadera ambición de Capote era escribir una buena novela.
¿Quién hubiese pensado que Kenyon tenía intenciones de desaparecer? ¿Quién hubiese dudado de que el creador de semejante plan no fuera el perverso y astuto Dick?
Perry siempre quiso hacer algo “importante” de su vida, porque sabía que era un tipo “especial”. Fue por eso que le interesó el asalto que le propuso Dick, que en realidad se lo propuso Wells. Así Perry cumplió con su cometido, de ser conocido por una gran hazaña, el asesinato por encargo (y sin saber que era así), de una familia entera. Pagó su fama con el cuello y con la filiación del periodista neoyorquino. Él se encariñó con el joven mestizo de piernas cortas, y en su propio delirio sumado al de Perry, le dio todo el crédito del asesinato múltiple, muy poco a su compañero Dick, y nada a Wells ni a Kenyon.
Wells habló cuando se enteró que el plan trascendió tanto y se les fue de las manos, y supo que no podría llevarse la recompensa prometida por Kenyon, que estaba muerto.
La justicia siempre quiso creer la versión bien argumentada por Capote, sobre Perry como único autor del asesinato y Dick único planificador, dos psicópatas que conviene alejar y eliminar de la armónica sociedad. La ley debería haber sabido discriminar la verdad de los intereses artísticos de un buen escritor.