07 octubre 2009

La invasión aviar: desmitifiquemos a las palomas


Este invierno empezaron a visitarnos, cada vez con mayor frecuencia, las palomas a la ventanita de la cocina. Pero como cada vez ellas eran más, y se copaban más con sus visitas, fueron visitando también el lavadero, el baño y el balcón.
La primer aparición, en realidad en otra ventanita, fue muy misteriosa: yo recién me levantaba una mañana soleada, y cuando me estoy cepillando los dientes en el baño, todavía adormilada, viene mi gata con actitud de indignación y curiosidad simultáneas. Ella había escuchado antes que yo el sonido de una visita inesperada a través de la ventanita horizontal del baño, y me alertó con su expresión felina sobre la situación. Yo le dije “qué te pasa gato?”, pero en vez de recibir al menos un “miau” de respuesta, observo que salta hacia la bañera, atraviesa la cortina y desde allí mira fijo hacia arriba. Sigo su mirada, y ahí fue cuando me apiolé que había una paloma. Como buena ciudadana y a su vez buena propietaria del inmueble, toqué el vidrio, en tono de “reclamo” por su atrevida ocupación de mi ventanita. La paloma parece que captó mi mensaje, porque al instante se mandó a mudar.
Desde ese momento la gata cumple un papel fundamental: es una especie de patovica de la casa (papel que se autoadjudicó), y no permite la entrada a paloma alguna. Un día que estoy volviendo a la tardecita, voy al lavadero a colgar la ropa, y justo en ese preciso instante veo venir hacia la ventana un movimiento de otro ser vivo en cámara lenta: una paloma atrevida invadió la tranquilidad, y se coló a través del espacio entre la reja y la ventana. Mi gata, que captó lo que sucedía antes que yo, se avalanzó sobre la paloma. Y cuando mi mente procesó toda la información luego de unos segundos, logré cazar al gato del pellejo, la llevé hacia la cocina y encerré al bicho alado en mi lavadero. No vaya a ser cosa que mi comida esté infestada con gripe aviar!
Llamo a mi madre comenzándome a desesperar, porque supuse que la muy estúpida paloma supo cómo entrar, pero no tendría el razonamiento suficiente para volver a salir del lavadero. Mi madre estaba en pilates, muy tranquila, y me dijo que controle la situación, y que no era para semejante escándalo. El gato empezó a maullarme, a modo de reclamo, pues quería ir a jugar a desplumar al palomo en el lavadero. A esa altura la histeria llegó a su punto máximo, y decidí dejar al gato afuera de todo acceso al lavadero, la saqué de la cocina. Miré a través de la puerta vidriada y la paloma estaba tranquila posando al lado de la bacha. La insolente me miraba curiosa, y supongo que muerta de gusto por el escándalo que me había generado. Decidí que no me importaba, que haga lo que quiera esa paloma intrusa, y me fui a mirar la televisión.
Más tarde me acordé de la alada visita y fui a ver cómo andaba, habitando MI lavadero. La busco con la mirada y no la encuentro ni en el estante, ni sobre la pila de ropa, ni en el lavarropas, ni en el tendedero. Ya se fue! Pensé contentísima, acto seguido le abrí la puerta del lavadero a mi gata. Pero qué ocurrió, la inútil de la paloma no se había escapado, estaba escondida, probablemente entre los tarros de pintura del piso. Y comenzó una danza alborotada de aleteos y zarpazos de gato. Yo me puse nuevamente a los gritos y llantos (porque probablemente el intruso terminaría muerto), pero logré recomponerme, y nuevamente cazé a mi gato con una mano, reputiándolo, y con el corazón en la boca. Enojada conmigo misma por no haber “controlado la situación” como me pidió la madre-pilates, me fui a clases, y que sea lo que dios y estos bichos quieran!
Se ve que en la noche el palomo consiguió irse por la misma abertura que entró. “Menos mal”, pensé cuando me levanté para ir a inglés. Cuando llevo la ropa sucia al canasto del lavadero, miro lentamente hacia arriba, al estante del fondo, como sabiéndome observada, y qué encuentro? Una figura que me mira intacta y esta vez con una expresión indefinible ¡Otra vez ahí, paloma de porquería! Y como si fuera poco el redescubrimiento, mi gata apareció desde atrás mío y empezó a correr en dirección al bicho. ¡Zoe no! ¡La puta que lo parió! Grité de un modo desgarrador, desconocido para mi garganta. Mi familia, que hasta entonces dormía, empezó a escandalizarse, preguntándome qué ocurre. Mi hermana “le pasó algo a la gata? Dónde está la gata?”, y mi madre indignada por el modo en que las desperté a las 7 de la mañana.
Luego de que casi me estrangulen en mi casa me puse a reflexionar qué mierda había pasado con este bicho:
Hipótesis 1: Del día anterior nunca se fue del lavadero, sólo encontró un buen escondite
Hipótesis 2: Viene entrando desde hace tiempo, cuando piensa que no hay nadie en casa
Hipótesis 3: Cuando se fue le pasó el dato del cómodo refugio a otro palomo, y el de hoy por lo tanto, era el otro.
Hipótesis 4: Desde ayer saben cómo entrar y salir las veces que quieran!

Al día siguiente vino la muchacha, quien colgó la ropa lo más bien. Le conté con risa el evento del día anterior, supuestamente superada del tema. Comienza la escena romántica de dos palomas en la ventanita de la cocina:
1º Una se picotea a si misma en el lomo, desparasitándose
2º Viene la segunda, su enamorada, y comienzan a picotearse mutuamente
3º Comienzan a forcejear con sus picos, ya con una expresión un tanto diabólica
4º Una se sube arriba de la otra para montársela. Qué bichos violentos, pienso.

Probablemente la invasión comenzó hace mucho, dirigida por aves más desarrolladas e inteligentes. Siempre las palomas me habían inspirado sentimientos de paz y de libertad. Pero ahora me doy cuenta que eso era por una simple convención social, que no entiendo (y me indigna) quién joracas inventó esa convención. Ahora comprendo a Hitchcock.
La noche siguiente mi vieja empezó ¡Hagar vení! ¡Hay una rata asquerosa en el balcón! A los gritos pelados. Fuimos corriendo con mi hermana, y la rata ya no estaba. Ella aseguró que era de unos 20 centímetros. “Cuando miré afuera desde mi pieza pensé que era otra paloma, pero cuando empezó a caminar, esperé que se vaya volando y en vez de eso siguió caminando por la cornisa. Tenía cuatro patas, qué asco!”, dijo desconsolada mi vieja. La calmamos y nos fuimos a dormir. Era tarde, no podíamos ni fumigar ni nada, sólo bajar las persianas por las dudas que se quiera mandar adentro de la casa. Al día siguiente mi madre compró un alambre de enrejado flexible y lo puso en el hueco del costado del balcón, por donde supuestamente se fugó la rata.
Esto de la rata me desorientó. Hubiese sido más lógico que fuese una paloma invasora. Y aunque parezca poco creíble que todo esto suceda, debo continuar mi relato verídico en el cual un par de noches siguientes entré a mi edificio y me encuentro con una paloma azul (de esas tornasoladas que están en las plazas) en la escalera de la entrada! Me miraba y se escondía atrás de la tinaja, como avergonzada de meterse donde no debía.
Y sigue la serie de eventos salvajes: Una mañana, estoy en clase de inglés, cuando dos palomas se posan en la ventana… del instituto de idiomas! Esto ya era el colmo. Las muy piolas se coparon con nuestra clase, miraban, y se iban a buscar ramitas, las acomodaban y miraban otro rato cómo la teacher los enseñaba Polite Questions. Se estaban armando un nido, habráse visto!
Mi vieja finalmente puso otro alambre enrejado en el hueco del lavadero, y la paloma nunca más entró. Problema resuelto. Ahora que mi familia está segura en una especie de bunker impenetrable, pienso: ¿será que el terror a la invasión animal, planteado por Hitchcock hace mucho, en realidad esconde el miedo humano a que la naturaleza nos devuelva con la misma moneda? ¿O será que sólo nos recuerda que esta tierra es de todos los seres vivientes por igualdad de condiciones, así que dejémonos de jorobar con el Medio Ambiente? Y nosotros que encima de contaminar, nos aislamos entre el cemento y la alta tecnología.
Hoy, miércoles 7 de octubre, día de la santa patrona de Rosario, ví desde la ventana de la cocina que aparecieron miles de palomas sobrevolando los edificios del barrio, planeando a gran velocidad y sin rumbo claro, como alborotadas. ¿Estará llegando el día de la invasión definitiva?