27 julio 2012

Un día en la vida de Gabo

Era un nuevo día en Cartagena de Indias con la frescura de la energía vital que se renueva para los trabajadores y estudiantes, con los primeros rayos de luz que ilumina las playas del turismo, y con la promesa de que sería otro día de calor tropical intolerable para los casi ocho mil visitantes de protocolo, medios y comitivas gubernamentales en la Cumbre de las Américas. Su semblante de altanera la postulaba cual ciudad turística pero ésta guardaba en sus suelos húmedos y en sus arboledas la sangre derramada hasta hacía un siglo y desde el origen de su existencia. La ciudad del descanso y el exotismo latino guardaba también sus historias de astilleros, de marinos y obreros portuarios con sus ínfulas de macho latino que acostumbran a desahogar sus necesidades con alguna señorita sin nombre en un burdel. La ciudad de las murallas necesarias, heroicas, que la protegieron de las invasiones para ser hoy un cúmulo de islotes, casonas, carros y mototaxistas, rumbas y hoteles de lujo. Un día nuevo y todavía fresco con la ayuda de los tilos en el patio de Gabriel parecía prometedor pues el pesimismo nunca fue para él un lugar de acceso fácil. Pero ese día había una pesadumbre, que no era calor ni humedad, que tampoco estaba dispuesta a abandonarlo tan fácilmente sólo por ser las cinco y media de la madrugada. En el balcón que mostraba generoso las costas y las callecitas de adoquín, el Gabo frunció el entrecejo. El olor del café de plantación bien nacional le llamó la atención, sobre todo porque eras extraño que Meche haya olvidado que su marido por la mañana tomaba una taza de té como dios manda. Se calzó los zapatos con cierta molestia por el olvido de Meche mientras refunfuñaba maldiciones entredientes. “No te enojes por nimiedades chiquilín ¿no ves que tienes a tu lado a una mujer de oro puro? No dejes que las voces críticas, que siempre las hubo, te hagan olvidar todo lo que han recorrido juntos, siempre ella a tu lado en cada proyecto, sea en París, en Caracas, en Barcelona o en Bogotá. Recuerda que es una bien-aprendida y ha cumplido con tus altas expectativas de que se parezca a mí”, le susurró al oído con una voz dulce y melódica Tranquilina Iguarán. “No olvides que falta poco para que dejes este mundo, y que como te dije, en el próximo tendrás una vida desgraciada en materia de amores”. Ella siempre dando consejos, la abuela premonitoria que aún muerta, en realidad nunca lo dejó. “Es que después de tantos años afincados en esta ciudad de perdición no comprendo cómo pudimos soportarlo, hacer de ésta un hogar, criar a Gonza y a Rodrigo, escribir tantas de mis obras. Ya no me reconozco, debe ser verdad ese rumor”, exclamó abatido de sólo pensarlo. Es que no hay lógica en habitar un lugar donde uno nunca se arraiga, mas allá de la idea eterna de que los kilómetros de distancia de una ciudad se miden en lo que se la invoca. “La vida no es la que uno vive, sino la que recuerda, y cómo la recuerda para contarla ¡Ja! Qué trillado fui, es una mentira que quise creerme para no reconocer que he deambulado toda mi vida sin importar dónde mientras las musas me den una buena historia, y que mi verdadera vida fue en Aracataca hasta los ocho años. Es absurdo. Ahora que lo pienso, en mi pasión por la escritura he olvidado vivir!”. Una brisa marina se enredó en un rulo y le abrió la bata, un respiro a tanto agobio y calor. Bajó las escaleras y oyó sonar el teléfono desde la cocina. “No atiendas Meche, es un periodista o algún amigo intentando constatar que hago preguntas genéricas porque no los reconozco”, gritó mientras descendía ya malhumorado. “Pero Gabo, tú también eres periodista, y a tus amigos los aprecias mucho como para perder la relación por un orgullo de viejo”. Tenía razón. Lo miró con sus ojos mágicos apoyada en la orilla de la mesada, donde ya estaba preparado el pan con la mermelada, y esa dulzura llegó fugazmente a su corazón. No tuvo otra opción que atender al llamado. Revolviendo la taza de ese café fuerte, mirándola indignado en reclamo del té de manzanilla, atendió y se dispuso a la conversación que se sucedería como cuando el actor se apresta a la concentración del guión segundos antes de salir a escena. “Hermano colombiano, quiero que me hagas un favor, que sea por todos estos años de amistad”, la áspera y solemne voz del viejo Fidel suena con su canto que aun serio, no deja de ser tropical. “Bueno pues, amigo querido que grato escucharte, me alegra que sigas contando con mi servicio de compañero de aventuras. ¿En qué te puedo ayudar Fidel?”, responde sonriente y ganador, pues ha demostrado (a sí mismo y a los medios hispanoparlantes) que sí reconoce ciertas voces. “Tu sabes que yo no ando con vueltas, y que me gustan los desafíos, cuanto más peligrosos pueh’ mejor. Entonces quiero que no te duermas en los laureles y me des trabajo de editor como siempre, sabes que muero de ganas de leerte de nuevo”. El pedido lo desconcertó. Escribir sus memorias nuevamente, continuar como había declarado a viva voz y prometido al mundo “garcíamarqueano”. No supo qué decir. Desde que su amigo de añares Plinio había desembuchado su bocota, sólo por un poco de atención de la prensa, no podía escribir sus memorias de vuelta. ¡Su amigo, de los más entrañables, desembuchando sobre su salud por un minuto de fama! Podría rememorar sus tiempos pasados, su entrañable Aracataca de la infancia, su miedo a la muerte, sus personajes, las revoluciones de los pueblos y las caídas de los dictadores. Porque como dijo una vez el argentino compañero del movimiento literario más grande de Latinoamerica, “el escritor de ficciones profundas es en el fondo un antisocial, un rebelde, y por eso a menudo es compañero de ruta de los movimientos revolucionarios. Pero cuando las revoluciones triunfan, no es extraño que vuelva a ser un rebelde”. Eso es el Gabo, un rebelde, ahora devenido en antisocial, aunque en el fondo escribía para que lo quieran. Según la crítica vampiresca de la prensa, ahora sólo era el mejor imitador de sí mismo, el más obstinado glosador de sus propios estereotipos ¿Para qué entonces seguir alimentando a las fieras con más palabreríos sobre su vida ya pasada? Ahora todo indicaba que tenía las horas contadas. Observó su comedor con el café todavía intacto, ahora frío. Las paredes con el empapelado amarillo de flores rojas envolvían a la biblioteca de roble del tamaño de una de las paredes. La ventana ya traía la claridad de la mañana, y el tilo del patio se sacudía como desperezando un resabio de sueño. Parecía un día prometedor finalmente. Observó el Nobel como si fuera la primera vez, saboreó su logro, sonrió y se permitió un sentimiento de orgullo depositado en el pequeño objeto de algún metal no muy caro. Observó el portarretrato de un Gabo joven y guapo abrazado a su amigo fallecido Carlos Fuentes, quien lo había halagado tildándolo de “el autor más leído en español después de Cervantes por su buena escritura”, pero el remordimiento de no poder escribir sus recuerdos por miedo a no poder llenar o superar las expectativas de tantos era mas fuerte que todos esos logros juntos. Miró detalladamente el diploma con la Orden de Honor que el presidente de Rusia le había otorgado, y se regocijó pensando en los soviéticos leyendo sus poesías en los trenes de Moscú. Pensó en el Centro Cultural que llevaba su nombre, la fundación Habeas que creó para defender a los presos políticos, la fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano, la escuela de cine de La Habana, los compromisos. “En París aprendí a prescindir de los compromisos políticos y a enfocarme en mi compromiso con la realidad”, balbuceó meditabundo. “¿Qué dices Gabito?”, soltó Mecha. “Sandeces de la edad Mercedes, no puedes culpar a un señor de ochenta y cinco años de pensar en voz alta”. En realidad no hablaba del todo solo. Lo había visto, recostado en el sillón de gamuza lo miraba con cariño Eligio, el onceavo de sus hermanos. “Sin embargo fueron tus compromisos políticos los que te llevaron por el camino del periodismo, la investigación, el rescate de cubanos durante la mismísima revolución. Fueron los que me transmitiste, junto con los compromisos sociales, claro. Por eso seguí tus pasos, por eso escribí tu biografía hermano mío”. El Gabo soltó un lagrimón incontenible. “¿Por qué tuviste que irte tan pronto Eligio? eras necesario para esta Colombia corrupta, eras necesario para esta familia triste que llenabas de vida y dejaste vacía”. Eligio desapareció por la ventana al jardín. Sentado con su café absurdo como si lo fuera a tomar siguió hablando por si su hermanito escuchaba desde afuera: “Hace ya cinco años regresé a la semilla por última vez, no es necesario hacerlo con la pluma. Recuerdo los niños sonrientes y las mariposas amarillas volando por las callezuelas. Para ellos, aracataqueños, fue el día glorioso en que sucedió algo allí, mientras para mí fue un viaje de despedida de mi entreñable Macondo. Me rodeaba de gente hermosa, fue uno de los días más felices entre Meche, mis hermanos, funcionarios, militares, músicos locales, y hasta una joven que era la reina de belleza de Bogotá. Era un sabor agridulce el de cada abrazo, cada espacio que exploraba, las plantaciones bananeras, las sierras nevadas en el horizonte, el ferrocarril en el que vinimos”. Rememoró la casa de sus abuelos, e se espacio donde se sucedieron las familias Buendía, un hogar de ocho habitaciones sucesivas, con el corredor de las begonias donde se sentaban las mujeres de la familia, con los fantasmas que coexistían con los vivos, con los amores contrariados de sus padres, con su abuelo que ha matado a un hombre y no lo abandona la culpa. Esa era una casa embrujada ciertamente. “Con Vivir para contarla me quise desembrujar pero no lo logré, simplemente me convertí en un personaje mas". De pie desde la entrada a la cocina lo observaba Mercedes con los ojos sorprendidos de ver al pobre viejo delirando solo, pero tenía a su vez una sonrisa de amor verdadero. Ella era Fermina Daza, reencontrando a su amor Florentino Ariza en los ojos de ese bigotudo arrugado que vivió a su lado más de cuarenta años.